miércoles, 6 de junio de 2012

El hombre del campo y el de la ciudad

En Sueño Profético decían:

Piensa más en Dios el hombre del campo, que el hombre de la ciudad. El que vive en la ciudad, trabaja en su trabajo, y después de terminarlo, él se busca otro trabajo, y ya no tiene tiempo para pensar en Dios.

Dijo uno:

Delante de mí pasó este diálogo que dos hombres tuvieron. Uno, siempre detrás de los bueyes, con su camisa sudando, y entre palabra y palabra, el sudor se limpiaba con su pañuelo de cuadros, que empuñado en su mano, daba contento en su frente. No pasaban cinco minutos que a Dios no Lo nombrara: si hablaba de la siembra, nombraba a Dios; si decía de la cosecha, oías el nombre de Dios. Le señalo, allá, un monte, y le decía:

   –¡Mire la Grandeza de Dios en la Tierra! Pues a las cinco de la mañana asoma por detrás del cerro como oro Divino, como cachos de Cielo. Yo, hay días que hasta me arrodillo. ¡Sí!, ¿le extraña?

Cuando le dijo esto, el que lo estaba oyendo sintió vergüenza de ver a aquel hombre, sucio por el trabajo que estaba haciendo y con aquella alegría que su sudor limpiaba.

Ya dijo el que trabajaba más por la vida que quería hacer, que por el trabajo que su profesión le daba:

   –No oigo hablar de Dios, ni yo hablo, hasta que vengo al campo y me paro con el que a Dios tendrá contento. Yo y mis amistades tenemos a Dios en olvido, porque entre el trabajo y el tiempo que cogemos para pecar, ya no queda para adorarlo. Aunque le he dicho todo, me han quedado ganas de hacerle un encargo: que pida a Dios por mí, que hoy mismo y en este momento ya viva en el campo, aunque viva en la ciudad.

Desperté, oí:

¡Qué pensar con tanto ajuste te hace que pienses este hombre que adoraba allá en el campo!

Cuando llegaba a su casa,
con su mujer refería,
aunque fuera de la tierra,
de la lluvia, la sequía,
pero entre estas palabras,
con Amor ya Dios salía.

Otros días veneraba, refiriendo,
las miles de florecillas.

Que cuando hablaba del campo,
el descanso le venía.

La mujer, cuando él llegaba,
estas preguntas le hacía:
¿Te has acordado de Dios,
que es el que nos da la guía?

¡Cómo no me voy a acordar,
si esta mañana temprano,
no hice “na” más llegar,
y primero cantó el gallo,
y luego los pajarillos
se venían a “bandás”,
que a Dios yo veía guiando!

Al de la ciudad le dio
vergüenza con sentimiento.

Y el que mucho nombra a Dios,
puede acarrear al Cielo.


***

Libro 6 - Dios Manda En Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 67-68-69