martes, 31 de julio de 2012

La aparición del mar

En Sueño Profético hablaban de las mil formas que tiene el espíritu de Dios para comunicarse al hombre, y de lo poco que el hombre conocía estas Comunicaciones de Dios.

Apareció el mar y dijo uno:

De esta abundancia de agua salió la Voz de Dios hablando a un amigo mío que pescando estaba. Este amigo era familia para mis padres, ya que era de mis años y padre no tenía. Vivía con los abuelos por parte del padre, que éstos vivían de la pesca. Un día llegó a mi casa contento, llorando e impresionado porque vio a Dios Hijo, y cuando desapareció le hablaba su padre. A Dios, dice que lo vio en el mar, que venía hacia él como si andara por un camino, y la voz del padre como si saliera de su mismo cuerpo. Ya nos dijo, que cuando se ponía delante del mar, se santiguaba y hacía una reverencia, ya que para él, aquella abundancia de agua era Dios. Al llegar reverenciaba y pedía el jornal preciso para su casa; y cuando hacía la pesca, siempre había más ganancia que en su casa necesitaban, y con estas palabras se despedía: “Gracias obediencia de Dios, que Dios manda que me des el sustento. Si Dios no manda, tú, mar, estarías parado y estarías muerto. A Dios a todo el que me ayude, que esté rogando en su Reino”. Cuando oyó al padre, dice que fue el mismo eco de cuando vivía con él. Justas dice que oyó estas palabras varias veces repetidas: “Siempre tendrás esta estampa aunque ya no la vuelvas a ver. Tú sigue siempre orando a lo que no es del hombre, y allí verás a Dios”.

Desperté, oí:

Esta aparición del mar,
bien pocos se la creyeron.

Si el mar es Mando de Dios,
¿por qué no ver a Dios de Hombre?

¡Si esta familia eran santos
las mujeres y los hombres!

14 años tenía cuando
se quedó sin padre,
pero no tenía ni dos
cuando le falto la madre.

Nunca hubo maldición,
ni mal mirar a este Cielo.

Él se quedó con su hijo,
sus padres y su recuerdo,
de aquella santa mujer
que rogaba desde el Cielo.

Para que nunca pecaran
los que a ella conocieron.


***

Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 182-183-184