jueves, 26 de mayo de 2016

Dios se comunica al hombre para enseñarle a amar

En Sueño Profético decían:

Que Dios está vivo en su Gloria se sabe cuando piensas que su Comunicación no le faltó al hombre desde que hizo el Mundo. Desde entonces se habla de Dios y se sabe de su Gloria. Si el hombre pensara esto jamás dudaba de la Gloria y siempre tendría este pensar cuando algo hiciera mal, sin querer hacerlo: “Dios tenga misericordia”. “Si Dios no viviera no podría vivir la Tierra”, éste pensar también lo tendría el hombre.

Dijo uno:

Elegidos siempre tendrá el mundo de materia. Elegidos siempre habrá en mitad de una generación, en la que unos empiezan la vida y otros acabada la dejan y los que están en medio de esa generación, que pueden llegar a perder la vida antes de que acabe, son a los que más falta le hace la Enseñanza. Expliquemos la comparación: los Elegidos hacen falta para enseñar a los que nacen y para cuidar al que la vida deja por los años, porque le llegó el final a la materia. Pues si Dios no tuviera Elegidos los chicos crecerían sin saber de la Existencia de Dios y los que ya su vida cumplieron necesitarían vivir entre hombres que practicaran lo que recuerdan los Elegidos que, en la Gloria, les dan para que ahí enseñen el Amor a Dios, la caridad al necesitado y la seguridad para la Vida Eterna sin cuerpo. Seguridad de que Dios vive y espera para juzgar a vivos y muertos.

Desperté, oí:

Si piensas en los Elegidos ves que hay Dios, que hay Gloria y que deja el Infierno.

¡Qué comparación dan en la Gloria con el que nace y el que vida ya deja porque se cumplió su tiempo!

El que tenga la edad que queda en medio es el que le hace falta al niño y al  viejo.

Si Dios no se comunicara el viejo se mataría cuando no caminara ni hablara. Y esto bien se vería.

Y al niño se dejaría tirado en cualquier rincón, como el animal a la cría, que si vuelve no está mal y si no vuelve la cría de hambre se muere.

Dios se comunica al hombre para enseñarle a amar. Por eso las generaciones siempre de Dios te hablarán.


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Libro 67 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo VII