jueves, 8 de marzo de 2012

No hay Dios donde hay ira


En Sueño Profético hablaban de la ira. Decían:

La ira es el pecado que más retira de Dios.

La ira puede llevarte al crimen.

La ira siempre está tocando a la paciencia, que ésta sí te acerca a Dios.

No hay Dios donde hay ira.

La ira y la soberbia son las que menos pueden vivir con el contacto de Dios.

Dijo uno:

Yo vi, cuando mi vida con materia, este letrero, en la entrada de una huerta, que me hizo copiarlo:

El que se encuentre no capaz
de cumplir este contrato,
que no entre en esta huerta:

“Aquí no puede vivir
la ira ni la soberbia”.

“Si practicas lo de Dios,
ya eres dueño de la huerta”.

Después de leer este letrero, quise enterarme de quién era el dueño, y cuando lo conocí, hice grande amistad con él. Me contó, que él compró la huerta para quitar el pecado de los dos dueños anteriores. El primero mató a la mujer por ira. Era un hombre que cuando decía ¡velón apagado!, tú tenías que tener ya el soplo saliendo, si no, iba para tu cabeza lo que tenía en sus manos. Ésto fue un dueño que fue a la cárcel y la huerta fue vendida. Costó trabajo el venderla; la compró un hombre de mucho dinero y mucha soberbia. Cuando los braceros lo veían, temblaban, ya que siempre estaba despidiendo a hombres santos, y los dejaba sin jornal para sus hijos. Una mañana, dicen, que se fue a vigilar la noria, y como no le pareció que el mulo diera rápidas las vueltas, mandó que a palos lo mataran, a lo que algunos se negaron a esta exhibición de Satanás. Y lo dejaron sin acabar de matarlo. Se fueron los que esto presenciaron, y él echó al resto de los trabajadores para dar ejemplo de dueño. Esto se cundió y no había quien trabajara aquella tierra.

Ya dice este que vivía para Dios, que la compró y puso el letrero, dando la finca en poco terreno y muchos dueños. Él cobraba una renta justa para vivir, y de aquella huerta huyeron los malos espíritus, que estaban hechos dueños de la huerta.

Desperté, oí:

Yo voy a seguir diciendo
lo que hizo este dueño santo:

Hizo primero una ermita,
y una vivienda a su lado.

Con otro terreno junto,
éste ya sin ser cobrado.

La huerta la conocieron por
“el dueño que la ha comprado,
tiene contacto en el Cielo”.

Siempre se portó la tierra
como si Dios la mandara
que diera buena cosecha.

Fue respetando el letrero
de la ira y la soberbia.


***

Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag. 162-163-164