viernes, 20 de abril de 2012

Lo malo siempre termina como las fieras del campo


En Sueño Profético decían:

No tienen justificación humana para decir que Esto no es cierto. Este “no querer del hombre” hace a Dios con su Poder, que aquellos que ponen la resistencia en su Mando y su Habla, no se entiendan.

Dijo uno:

Esto que aquí cuento fue oído al Maestro:

Una tarde, estando descansando a la salida de un puente, un poco recostados había unos en la muralla que formaba parte del puente. Dijo uno de sus Discípulos:

–Maestro, se están juntando hombres de varios gremios para presentar denuncia de tu predicación y de tu vivir, y ayer discutían porque unos querían venir a buscarte y otros no estaban de acuerdo.

Ya habló el Maestro:

–Los que están en contra de mi Venida, están en contra unos de otros, porque mi Padre dejará que no se entiendan. El mal no respeta a su amigo. El mal va haciendo mal hasta llegar al destrozo, y ya todos lo conocen. Este es el sello del que está en contra de Mí. El sello del Amor a mi Padre es la Obediencia, e ir dejando el bien sin diferencia de clases. El que no creyó en mi Padre, me persigue a Mí, y el final será como fieras del campo, como animal sin espíritu guiado por los demonios, nombre que ya puso mi Padre antes de bajar de Hombre a la Tierra.

Desperté, oí:

Silencio quedó en el puente
sin ninguno contestar.

Las Palabras que decía,
nadie las podía igualar.

Era Dios Padre en Dios Hijo,
Espíritu de Dios Padre,
Nombre: Santísima Trinidad.

Era el Creador del mundo,
pudiendo el mundo acabar.

Era el que sabía
dónde comprarían los clavos
que Lo iban a clavar.

Y el que martilleó al fuego
aquel inocente metal.

¡Qué Palabras nos dejó!,
que sin voz nosotros después repetíamos:

El mal no respeta a su amigo,
el mal va haciendo mal
hasta llegar al destrozo.

Como animal sin espíritu
guiado por los demonios.

Dios guía a los palomos,
a los corderos
y a todo animal que es manso.

Lo malo siempre termina
como las fieras del campo.


***

Libro 10 - Hechos De Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 196-197-198