jueves, 15 de noviembre de 2012

Cabezas y sentidos perfectas

En Sueño Profético hablaban espíritus que vivieron con materia y que hoy están al servicio de Dios. Decían:

Aquí hay espíritus que llegan en el momento del Arrobo, y espíritus que llegaron los primeros, cuando Dios hizo el mundo. Pero el espíritu no tiene diferencia. Aquí, en la Gloria, no cuenta el tiempo; Aquí es siempre Dios, siempre Gloria, siempre Dios Eterno.

Dijo uno:

Mis abuelos conocieron el Nacimiento de Jesús, y con mis padres hablaban como de tiempo muy lejos. Ahora se habla Aquí como si fuera el momento. Mi madre me contaba del Maestro: 

Este hecho lo vi yo; 
éste, que me lo dijeron, 
y yo escuchaba con gozo, 
pero también lo veía lejos. 

Pues ahora, Aquí en la Gloria, 
ya no se habla de lejos. 

¡Si los 20 siglos son 
oscuridad anocheciendo, 
que cuando se esconde el Sol, 
las estrellas están luciendo! 

No se cuenta qué paso, 
todo lo que a Dios Le hicieron, 
se cuenta tan natural 
lo que hoy siguen haciendo. 

Y si se habla de ayer, 
no es para entenderse este Cielo, 
es para que el arrobado 
cuente, sirviendo de ejemplo. 

Aquí es vivir Vivir
sin darle cabida al tiempo, 
ni nombrarse la salud, 
ni decir palabra “muerto”, 
ni tirar del bienestar 
y dejar a otro sufriendo. 

Ésta es la Gloria con Paz, 
porque no se pisa suelo.

Desperté, oí:

¿Cómo se atreve a decir 
el que no ama, al que ama, 
que mal tiene la cabeza?

¿Cómo se atreve, decimos, 
cuando de la Gloria cuentan?

¡Si al contar un Arrobo, 
trabaja la inteligencia, 
como si en ese momento 
hicieras una carrera!

Los sentidos que Dios coge, 
tienen que estar siempre alerta.

Tienen que sentir y ver 
lo que no ve 
ni siente otra materia.

Tienen bien que conocer 
los espíritus que vengan.

Los que de Dios se retiran 
y dicen que a Dios reverencian.

Los que ofrecen el brillo 
y mate tienen la vuelta.

Estas cabezas y sentidos 
tienen que ser bien perfectas.

Tan perfectas, que es Dios Vivo 
el mismo que las maneja.


***

Libro 10 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 220-221-222