domingo, 4 de noviembre de 2012

TEMPLO DE LA PALABRA DE MI PADRE

En Sueño Profético vi un sitio como una nave bastante grande. Allí se reunía gente para oír al Maestro, y otras veces se reunían para hablar del Maestro. Este sitio se llamaba Casa de Dios, lugar donde Dios iba para hablarle al hombre. Allí acudían también los que a Dios no amaban, porque era sitio de hacerse conocer, para aquel que sólo le interesaba el mundo material: la venta, la compra, el manejar dinero y el reunir muchos esclavos. Sabiendo ya el Maestro lo que allí hacían, dijo a uno de sus Discípulos:

   –Ve y comunica que ese sitio es Templo de la Palabra de mi Padre. Si quisiera alguno arremeterse contigo, di que esa es mi Palabra, que te mando Yo. Que allí recibo cuando os hablo lo que mi Padre Me comunica. 

Yendo éste con el Mensaje que Dios le dio, corrió no buena suerte e intentaron golpearlo e insultaron al Maestro. Antes de que llegara la noticia al Maestro, ya sufría los golpes que al Discípulo le habían dado, puesto que a quien golpeaban era a Dios. Dejó pasar unos días y se hizo presente con su Carne y el Espíritu de Dios Padre, y ya tuvo que tratarlos como espíritus rebeldes a la Palabra del Padre, y retirarlos a sitio sin Dios.

Desperté, oí:

Dios no aparta al que no cree en Él. Dios aparta al que no Lo obedece. El que no cree en Dios, él sólo se aparta. El que no Lo obedece, es Dios el que lo aparta.

El que Dios elige, su obediencia supera a todos los dones que tenga.

Dios, a esta Grande Obediencia encomienda su Mensaje, para que el que Lo oiga, obedezca.

Dios, siendo Dios, guardó obediencia cuando vivió de Hombre a todo cuánto el Padre Le decía.

María guardó obediencia en aceptar todo cuanto le comunicó Dios. José obedece y reverencia.

Todos los que Dios eligió, tuvieron obediencia y reverenciaron. Y estos Elegidos donde llevaban la Palabra de Dios, el que Lo amaba, recibía con obediencia el Mensaje.

Ten obediencia a la Palabra de Dios, para que Dios no vaya como en el Templo.


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Libro 1 - Meditaciones y Palabras Directas con El Padre Eterno - Tomo I - Pag. 94-95