lunes, 19 de noviembre de 2012

Los dos mesones

En Sueño Profético decían:

Hay quien quiere pecar y luego que le digan que no ha pecado. Hay más de éstos que estos otros: “yo no hago eso, porque ofendo a Dios”; “yo no peco, sabiendo que peco”. El que así viva, vive con Dios.

Dijo Agustín:

El que peca más de una vez, es amigo del pecado. El pecado no vive donde no se practica.

Yo tuve amistad, y esta amistad, la misma con dos dueños de mesones. Pues siendo los mismos artículos y sirviendo las mismas comidas, en un mesón siempre acudía gente que vivía buena vida; allí se juntaban familias que iban recomendadas por sus padres y abuelos, encontrándose como en su propia casa; allí no se veía el pecado; allí no había vivienda para este personaje. Ya he contado el vivir del mesón que ellos mismos entraban clasificados.

También voy a hablar del mesón que era conocido para juntar los pecados: allí ya se conocían, y entraban preguntando por la moza que vivía con agrado sus pecados, los hombres que se jugaban el ganado, cuando ya se habían jugado la hacienda. El dinero allí corría como liebre en sementera; de allí salían los hombres con la ira del pecado, pero sus cuerpos sin fuerzas.

Siendo los mismos mesones y los mismos poyos de piedra, en unos veías a la gente comiendo, y con risa contenta sacaban de sus bolsillos tan cabales sus monedas.

Desperté, oí:

Aquí no se practicaba el pecado,
primero en la mesonera.

Era una mujer cabal;
el marido esto era:
¡pasad, esta casa es de familia,
pero familias completas!

¡El que ame a Dios de veras,
mejor le sirvo la mesa!

¡“Pa” los chiquillos ya tengo
su comidilla adecuada!

¡A los mayores les sirvo con esmero,
por la edad ser respetada!

Este mesón tendrá nombre
de gente buena y honrada.

Mi padre me lo dejó,
y escritas están sus palabras.

En un trozo de ladrillo,
con claras letras rayadas,
se leía esta inscripción:

Que este mesón lo respeten.
Para saber el que ama,
el que venga sin pecado,
puede decir: “es mi casa”.

AGUSTÍN DE MÓNICA


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Libro 5 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo I - Pag. 46-47-48