jueves, 12 de septiembre de 2013

El Profeta no puede aceptar lo que el hombre diga

En Sueño Profético decían:

El Profeta no puede aceptar lo que el hombre diga. El Profeta tiene que hablarle al hombre, y el hombre oír las Palabras de Dios “diciendo”.

Todo lo que éste dice, es Dios el que en él Lo habla.

Los Profetas fueron maltratados, pero también fueron buscados por muchos. Tiene poco que estudiar el saber lo que es un Profeta, cuando éste diga: “Dios me dice”, “En Sueño Profético” y “oí”. Esto es Dios. Esto es su Palabra resonando en otra materia por no poder resonar en la suya, por no haber Materia.

No seguir estas Palabras es vivir dando las espaldas a Dios, quedando el Comunicante fuera de esta unión que Dios tiene para unir al mundo con materia y al Mundo Espiritual.

Dios permite y aparta cuando ve que el Lugar no va a ser respetado.

El hombre no quiere ver a Dios en la materia del que quiere que a Él vean.

Estos Lugares con materia fueron adorados por el que a Dios amaba, y maltratados por el que no amaba.

Estas Palabras eran del Maestro:

“Id hablando en mi Nombre, y por el trato que os den, veréis el que Me ama y el que Me desprecia aunque diga que Me ama; el que mis Palabras abriga o el que las desobedece; el que tiene hambre de Dios o el que persigue mis Palabras”.

Desperté, oí:

Esta era la prueba de amar a Dios y querer saber de Dios.

Ellos eran ellos, pero eran Dios, una vez que Dios decía: “Id en mi Nombre”. Y el Profeta dice: “Esto me dice Dios”.

Todo el que diga “me dice”, “oigo” y “me manda”, esto es Dios.

Todo el que no sepa nada y tenga Saber de Sabiduría, esto es actuación de Dios.

El que tiene esta Sabiduría, si de Dios no fuera, la cobraba, y ya ni era de Dios ni era Sabiduría.

Acepta al que no sabe y Sabe, que éste es Saber de Dios.

No des consejo al Profeta, que estás corrigiendo a Dios.

La conciencia es el personaje principal del cuerpo humano.

Este personaje actúa siempre con justicia. A veces se hace pesado.

La conciencia empuja al sonido.


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Libro 4 - Te Habla el Profeta - Tomo I - Pag. 110-111-112