lunes, 7 de marzo de 2016

El grande Amor se encarga de que el hombre vea milagros

En Sueño Profético decían:

Antes que enseñar y aprender, está el querer. De Dios Hombre, aprendieron más de Él, los que querían aprender. Luego, hubo muchos que después de aprender, amaron. El que Lo amaba, sin trabajo Lo seguía.

Dijo uno:

Aquí cuento yo lo que un día pasó, estando yo delante:

Yendo un día Jesús con los Discípulos y bastante gente detrás, en medio del gentío iba una mujer coja, aunque tenía las dos piernas. Esta mujer ya Lo había seguido varias veces y su cara era la que más paz daba en medio de aquel alboroto y momentos de silencio. Pues en este momento de silencio, se acercaron varios hombres al Maestro, y estas palabras dijeron:

   –Un día que tengamos tiempo nos vamos a ir a prender como éstos que Te siguen.

Todos oímos las Palabras del Maestro, porque tenían que llegar a la mujer que coja Lo seguía:

   –Vosotros nunca tenderéis tiempo, porque os falta el querer. En cambio, el que Me ama, no le cuesta trabajo y Me sigue.

Y volviéndose para el gentío, dijo:

   –Ahí viene una mujer que es coja, por nacer con defecto de cadera, y su Amor a mi Reino Me sigue sin trabajo.

Hizo el Maestro que llegara hasta Él, para que todos vieran con los trabajos que andaba, y en medio del gentío hizo camino hasta llegar a Él. Otra vez se oyó la Voz de aquel Hombre que sin duda era Dios:

   –Hacedle esta pregunta: ¿por qué me sigues? Dilo, que Yo lo sé por ser Dios, pero quiero que te oigan los hombres.

Empezó esta mujer con un llanto que a más de la mitad les hizo coger el pañuelo:

   –Yo, Señor, porque creo que eres Dios y quiero aprender tu Enseñanza. Hay veces que no me acuerdo de mi cojera. Si el que viene a mi lado no me preguntara, tal vez lo olvidara.

Otra vez dijo el Maestro:

   –Al que Me ama, no le cuesta trabajo el seguirme. Quédate ahora delante, porque sin pedirlo, mi Padre ya te ha igualado la pierna.

Fueron sus primeras palabras: “Yo te seguía por aprender tu Enseñanza y después vivir el Cielo”.

Desperté, oí:

El Maestro ya sabía
que era Amor
lo que le seguían sus Pasos.

Y quiso que todos oyeran
que no seguía por milagro.

Ella tenía su cojera
como el que tiene dos brazos.

Y Dios le daba las fuerzas,
y Le seguía sus pasos.

Los que pararon al Maestro,
quedaron avergonzados,
cuando vieron a la mujer
que no siguió por milagros.

Dios ya los dejó algún tiempo,
para después compararlos.

Esta Enseñanza sirvió
para el que seguía sin amarlo.

Porque el grande Amor se encarga
de que el hombre vea milagros.


***

Libro 13 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo II - C4