lunes, 3 de noviembre de 2014

El hombre conserva el cuerpo y deja enfermar el espíritu

En Sueño Profético decían:

Igual que el hombre manda, cuando ve la carne enferma, que busquen al médico, ¿por qué no manda que busquen a Dios y vivan sus Palabras los que vea que no las practican?

¿Por qué el hombre sigue siendo tan amigo del que tiene el espíritu enfermo, y esto demostrando que lo quiere? La respuesta es bien clara: ¡porque no cree!

¿Quién creería en la medicina y no llamaría al médico para cortar una hemoptisis? Todos los llamarían, porque todos los hombres creen que la carne enferma la cura el médico.

Dijo uno:

Si la misma creencia tuviera en Dios, ¿cómo podría estar en intimidad con el amigo o familiar, sin obligarle a curar su espíritu?

Si creyera en Dios como cree en la botica, no podría dormir ni comer, y ya no sería vida.

Si era menor de edad, de la mano lo cogería y a Dios iría a buscar, y le quitaría caprichos que el niño cree necesarios. Si esto no lo hace el hombre, la respuesta dan en Gloria: ¡porque el mayor no cree!

¡Qué sufrimiento sería ver que el niño muere por falta de querer medicinas, y el mayor siga abrazándolo hasta darle sepultura!

No sería sufrimiento si tú en nada creías y el cariño era poco.

Si tienes preocupación cuando veas fiebre, sufre mucho más cuando a Dios no nombren.

Desperté, oí:

Pídele a Dios que te dé
palabras y fuerzas
para curar el espíritu,
antes de aconsejar
que se cure la materia.

¡Qué cierto que el hombre
siempre está pendiente
del familiar o el amigo,
diciéndole estas palabras!:

“Debes ir al médico
antes de que llegue algo malo”.

¡De cumplir los Mandamientos
ni se preocupa siquiera!

Que debería no vivir
hasta ver que quisiera su cuerpo
a Dios recibir.

Y respetar las Palabras
que Aquí dicen
y escritas quedan ahí.

El hombre conserva el cuerpo
y deja enfermar el espíritu,
y ya no vive lo Eterno.

Di siempre: “Ese es mi amigo,
porque piensa como yo pienso:
hablar de Dios y cumplir sus Evangelios”.


***

Libro 19 - Dios Manda en su Gloria que Enseñen - Tomo III - Preámbulo