sábado, 7 de febrero de 2015

“Al que mis Palabras doy, doy algo que va mi Cuerpo”

En Sueño Profético hablaban de un hecho que le ocurrió a Santiago y Pedro:

Yendo un día los dos muy afanados hablando del Maestro, se acercaron unos y dijeron:

   –Yo al Maestro sí lo oigo, pero sus Discípulos no me dicen nada. Vuestro Maestro es que tiene algo que agrada, y no me importa oírlo algunas veces.

Fue Pedro a contestar, y Santiago que lo conoce, dice:

   –Pedro, llevamos el tiempo justo, y a donde vamos, sí quieren oír nuestras Palabras, porque saben que no son nuestras, que son dadas una vez que el Maestro nos dice: “Id y llevad mis Palabras”.

Echó Santiago el brazo a Pedro por el hombro y empezaron a caminar. Cuando anduvieron unos metros, ya estaba Pedro contento con haber obedecido a Santiago. Cuando regresaron donde el Maestro, allí estaban los mismos de antes, pero ya con caras diferentes; ésta era la casa de unos que vivían bien acomodados y descendían de apellidos de bastante abolengo. Estuvo el Maestro sin decirles nada hasta que regresaron de su cometido mandado por el Maestro. Todos vieron sus caras tristes, sus cuerpos cansados. Cuando el Maestro se puso de pie y levantó el Brazo, todos oyeron:

   –Santiago y Pedro, venid a mi lado para que mis Palabras sirvan a todo el que me esté oyendo.

   –Al que mis Palabras doy, doy algo que va mi Cuerpo.


Desperté, oí:

Se dejó ver un silencio, y todas las miradas para los mismos.

Dios Hombre hace con su Poder que todos miren para descubrir a los que no lo aman.

Éstos iban a oír al Maestro en casa de los gentiles, en casa de los nobles, donde luego al salir decían: “¡Venimos de tal casa, y no se oía el Nombre de Maestro”!

Nombre del Maestro, que el que amaba sabía que era Dios.

Que el que amaba no podía pasar sin oír su Palabra dicha en Él, dicha en el que el mismo Dios se la daba.

Dios Podía Él solo ir hablando en el Nombre del Padre, pero ya no enseñaba.

Él quería, cuando se fuera a su Reino, dejar su Palabra metida en todos los hombres, para que luego siguiera la Enseñanza.

Ya, con esta Enseñanza, vendría su Espíritu a otra carne, cuando el Padre diera el Poder.

Cuando el Padre viera que amaban al Hijo, y a los Tres adoración.


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Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I