domingo, 23 de octubre de 2011

Ya eres para mi Padre como son éstos que Me siguen - Libro 10 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 84-85-86


En Sueño Profético hablaban de Dios Hombre unas mujeres. Decían:

Estas mujeres vivieron después de que mataran al Hijo del Hombre.

Ya dice una:

Muchas veces Lo oí y siempre me parecía el rato corto, aunque estuviera horas oyéndo. Un día, estaba yo y otras comprando pan en un horno –que más que venta de pan, era para cocer el pan que en tablas se llevaba y ya se guardaba en las orzas para la semana, o según durara el amasijo como le decíamos–. Llegó el Maestro con unos cuantos, y en vez de oírse tropel, quedó silencio. Unos que entraban unos costales de harina, dejaron el costal y reverenciaron al paso del Maestro; mientras, el que ponía el pan en la pala, le avisaba al compañero con gesto de gran alegría. Fue de unos en otros la noticia, y de momento había un buen cerco; allí había chiquillos, los padres y todos sus parentescos. Dijo la dueña, que estaba cogiendo el pan detrás del mostrador en unas tablas que estaban llenas de panes con color de oro:

–¿Cómo yo te pagaría el visitar mi casa?

Ya se oyó al Maestro:

–Mujer, con tu deseo ya llevas buen precio. Tú amas tanto, que todo el que trabaja en tu horno, Me ama.

Fue esta mujer a darle el pan, y rápida dijo soltando el pan en las tablas:

–Señor, concédeme que entren tus Discípulos y ellos Te sirvan, ya que yo no me veo con todos mis pecados borrados hasta que Tú me juzgues.

Y sacó el pañuelo del gran bolsillo de su delantal y se secó sus ojos. Otra vez habló el Maestro:

–Tu arrepentimiento ha sido con tanto Amor a mis Palabras y tanta obediencia a mi Enseñanza, que ya eres para mi Padre como son éstos que Me siguen

Desperté, oí:

Esta mujer pecó, y luego, cuando le hablan del Maestro, cambia lo que pecó en Amor.

Se ofrece al Padre sabiendo que es el mismo Dios.

Practica la Caridad tan sólo hecha por Dios.

No entraba uno en el horno que su pan necesitara, que si dinero no había, el pan sólo se llevara.

Todo el que allí trabajaba decía: “¡A esta mujer tiene Dios que visitarla!”.

“No puede oír una pena, y siempre está encarcelada”.

Siempre estaba en su trabajo, como el que más trabajara.

Lo que sí decía mucho: “¡Qué alegría quien vea al Maestro en su casa!”.

Ella no iba en su busca, por recordar su pecado.

Y Dios buscaba los sitios que al Perdón habían llamado.


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