sábado, 12 de noviembre de 2011

Dominar la materia - Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria Que Enseñen - Tomo I - Pag.


En Sueño Profético hablaban de la Fuerza de Dios en el espíritu que vive aún con materia.

Dijo una mujer:

Si tú le entregas a Dios tu espíritu para que Dios mande en él, tú dominas a la carne; tú tendrás fuerza para dominar tu lengua, tus pies y tu vista.

Dominando a estos tres personajes,
ya dominas tu materia,
y ya tendrás contacto con Dios,
porque Dios deja que tú lo tengas.

Las fuerzas vienen detrás,
después de que vengan penas,
que como sientas a Dios,
Él ya te da la receta,
y verás la curación
de aquel mal que te atormenta.

Esto, su palabra es:
a enfado darle paciencia;
y a contrariedad,
que tú el arreglo no le veas,
llamar a Dios confiando,
y ya verás su respuesta.

Un poco voy a contar de mi vida, cuando viví con materia:

Tuve cuatro hijos, los cuatro con la misma enfermedad, que se les presentaba al crecer. El mayor tenía trece años, y el pequeño tenía cuatro. Mi marido, que era hombre de poca paciencia, por faltarle Amor a Dios, se fue a trabajar con otro amo fuera del pueblo, por no vivir aquel sufrimiento, porque él no estaba preparado, por dominarlo la materia; no podía encontrarse al paso de su camino algún pedazo de juguete que los chicos se hubieran dejado; ya salía de la casa mal encarado. Las vecinas me decían: “Parece que vive solo, no se oye ni a chiquillos ni a madre”. Este era mi contestar: “Es que yo les echo tarea en los capachos”. Ellas sabían que me llevaba a la casa, de un molino, esparto, y hacía cenachos, y lo que me encargaban, rápido se lo hacía, ya que mis hijos me ayudaban, porque de verme, ellos aprendieron, aprendieron a trabajar y a rogar a Dios lo mismo que yo rogaba.

Las cinco voces se unían, pidiéndole a Dios el favor: “Señor, que siga mi padre a mi madre en paciencia, que es Amor”. Yo hacía que ellos se lo pidieran en alta voz.

Desperté, oí:

Esta madre sabe,
que Dios oye sin que tú
le des voces al Cielo.

Esta madre lo que quiere
es unir a sus hijos al ruego,
al ruego que ella hacía,
que era ruego de consuelo.

Sabía que Dios oía,
antes a niños que a mayores.

Sabía que Dios veía
el sufrir de todos malos
y el tesón que ella tenía.

Si los ruegos de los niños
podían servirle al padre,
¡por qué no enseñarlos ella,
cumpliendo el deber de madre?

No cabe duda que fueron
los ruegos de madre e hijos,
cuando un día, al anochecer,
el padre llegó y le dijo:

Ya vengo para quedarme,
y además vengo contento,
porque a Dios se lo he pedido,
que no culpe nunca al mal,
si el mal Dios no lo ha querido.

Dios cuando te manda el mal,
es un mal por ti pedido.

Pero el vivir de la Tierra,
es vivir y no es sufrido.

Si siempre vives con Dios,
es sufrir, pero es olvido.


***