domingo, 6 de febrero de 2011

Aquí tuvo Dios que contestar - Libro 8 - Dios No Quiere, Permite - Tomo I - Pag. 197-198-199-200-201


En Sueño Profético hablaban de la Justicia de Dios, de lo que Dios manda cuando el hombre Le pide:

Mayoría de veces el hombre le pide a Dios que le haga Justicia, le pide el que peor se comporta, el que hace lo contrario que Dios manda, y con este mal comportamiento está pidiendo que Dios le haga Justicia, a la que el hombre le pone el nombre de “Dios te ha castigado”. Hay veces que el desafío del hombre hacia Dios es tan grande, que Dios responde.

Dijo uno:

Yo cuento aquí un hecho en el que Dios tuvo que contestar: “Trabajaba yo en el campo con un  hombre que era carne de santo. Era el que cuando aventajaba su trabajo, acudía al tuyo, pero sin ningún interés. Pues la mujer de este santazo también trabajaba en las faenas de recolección, y con tres hijos que tenían, allí vivían mientras duraba la faena. Mi mujer, que también iba conmigo, tenía una gran amistad con ella, ya que hijos no teníamos y estos chiquillos nos consideraban familia. Pues enfermó este buen hombre y no hubo remedio para la salvación de su carne, y murió. Esta mujer, que no se sabía si el marido era santo por ella, o ella santa por el marido, otros y yo acordamos ir al encargado de repartir las faenas para que la dejara trabajando siempre, y así sería su dolor consolado, ya que sentía al marido como un pedazo de su carne que le hubieran arrancado. Ella sabía que si sus hijos allí seguían, no pasarían hambre, y su marido tendría Gloria con  el bienestar de sus hijos. Pues todos los planes fueron inútiles, rotundamente dijo que no, que era un cargo que a la larga le pesaría, porque siempre estarían faltos de algo; y la despidió del caserío, que llanto nos costó la despedida. Hubo quien le dijo al encargado: “puede que tú pases por el mismo camino”, y le contestó con desprecio: “Mujer, no pienso tener, ni hijos; no se me puede morir nadie”; y siguió con la frialdad del que no ama a Dios. No se contó un mes, cuando se oyeron grandes gritos, y fueron del encargado que todos conocían como dueño, por su mando; unas compuertas de un granero le cortaron los dos brazos; los médicos los amputaron ante el peligro de poder curarlos.

Desperté, oí:

Aquí tuvo Dios que contestar,
porque él quería contestación.

La gente llamó castigo,
cuando veían pidiendo 
a la viuda y a los hijos.

Él, sus primeras palabras,
era decirle a la gente:
¡Buena me he quitado de encima,
tenía que socorrerles
si conmigo los tenía!

Un día, que iban pidiendo
mientras trabajo encontraban,
una les sale al camino:
¿Tú eres la viuda santa?

Sí, dijo con la cabeza,
mientras secaba sus lágrimas.

El santo era mi marido,
que era el que a nadie dejaba,
cuando veía a una mujer
pidiendo con algún niño.

Muchas veces en la siega,
apartaba dos montones,
y el dinero que cogía 
era para quien sabía 
que nadie jornal le daba
porque trabajo no hacía.

Eran enfermos sin cura,
tullidos y andrajosos.

Dijo ésta ya que oyó:
Sécate mujer el llanto, 
que vas a pasar a dueña
del sitio que te han echado.

Era una de las dueñas de esa finca,
pero nunca había visitado
ni la finca ni al encargado.

Tenían muchas más que aquélla,
entre ella y un hermano.

Dios da el premio a la viuda,
que vive al marido en llanto.

Y el encargado, no es castigo,
pero se queda sin brazos.

Para quedarte viudo,
no hace falta estés casado.

En perdiendo algo de carne,
ya pierdes lo de casado.


***