martes, 12 de julio de 2011

La caridad lo seguía - Libro 9 - Dios Habla al No Quiero del Hombre - Tomo I - Pag. 183-184-185


En Sueño Profético hablaban de querer tapar el bien y de querer tapar el mal; de querer decir que lo bueno es malo, y lo malo es bueno; de querer pagar el mal y condenar lo bueno. El bien y el mal siempre se están viendo. El mal quiere hacer ver lo contrario de lo bueno. En cambio, el bien, camina a paso y no muy lento, y por mucho que quieran pararlo, el bien no deja este paso.

Dijo uno:

Toda la persona que sienta la caridad, tiene que hacer el bien. La caridad es un sentir que tranquilo no te deja. La caridad te inquieta y arrebata comodidad; te arrebata comodidad recordándote al enfermo que espera de ti.

Aquí, en unas palabras, voy a decir lo que Juan de Dios decía con frecuencia:

“Como la caridad tú la trates bien, ya no te deja. Yo quise la caridad, y me llevó a los hospitales, a las casas que casas no eran, a los hambrientos, a los necesitados, a todos los que estaban estorbando a los que caridad no conocían”.

Yo tuve gran amistad con este Juan de Dios, que el bien siempre iba haciendo. Pues por más que querían quitarle su caminar, más caminar se veía. También ésto era de él: el bien desprecia el silencio, porque el bienestar se encarga de ir este bien cundiendo; lo mismo que el dolor grita y es difícil el silencio. Yo veo a menos callados con dolor, que con un ¡Ay! que todos estén oyendo.

Juan decía:

“Ten caridad, y ya la caridad te llevará al sitio y te arrebatará tu bienestar; que luego, a este arrebato, tú le das mil gracias”.

Desperté, oí:

¡Quién mejor que Juan de Dios
puede hablar de caridad!

Él no podía esconder
lo que Dios daba “pa” dar.

Dios le daba su Poder
en espíritu y materia.

Ya quedaba en él,
el ir adonde de Dios quisieran.

¿Cómo iba a ser de Dios, Juan,
sin que nadie supiera,
si iba siempre al camino
que Dios le decía que fuera?

No tenía Juan que ir
por la calle a son de palmas.

Pues aunque iba en silencio,
repique era de campanas.

¡Juan de Dios!, siempre se oía
con llanto y risa en la cara,
con los brazos en su cuello,
pero a Juan no lo dejaban.

La caridad lo seguía,
y hasta le iba empujando
a que todos conocieran
que Juan de Dios era Santo.

Aquí podía lo bueno
y desmentía lo malo.

Lo bueno tiene poder,
porque lo viven los Santos.


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