domingo, 25 de septiembre de 2011

Las manos del alfarero - Libro 10 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 6-7-8


En Sueño Profético decían:

Donde Dios deja su Palabra, el que quiere ve a Dios. Su actuación y palabras te confirman su convivencia con Dios. Ésta es la Huella de Dios: Palabras tan firmes, que su firmeza te frenan; Palabras tan seguras, que si las pones en el centro, les verás la perfección.

Dijo uno de sus Discípulos:

Estas Palabras de Dios fueron dichas por Dios Hijo delante de varios letrados:

El que Yo hable en él, sus Palabras siempre quedarán en el centro, para que el hombre que quiera, vea la perfección de mis Palabras.

Fue decir esto, y quedar algunos titubeando, sin entenderlo. Rápido dijo el Maestro a Juan:

Juan, trae dos jarras grandes, pero una, que tenga falta y que el alfarero quiera venderla. Dile al alfarero que venga y que me traiga a otros alfareros. Que no teman pensando en las pérdidas, que se les doblaran las ganancias.

Llegaron tres alfareros con Juan, y dijo el Maestro:

Como mi tiempo se acaba y mi Enseñanza es grande, con pocas Palabras y poco tiempo comprenderéis.

Cogió el Maestro la jarra que su perfección llegaba a tener los poros iguales, y la puso en la mesa, en el centro; mientras que la que tenía defecto mandó colocarla en una cornisa, donde sólo se le veía el frente. Dijo el Maestro:

Ésta es, mis Palabras en centro.

Y ofreciéndole a los alfareros dar la vuelta alrededor de la mesa, dijo:

Por más vueltas que deis, si tuvierais que comprarla, nunca le veríais defecto, porque ya así la hizo el alfarero mandado por Mí. La que está en la cornisa, tiene que estar cubriendo su falta; ésa, nunca puede estar en el centro, ni se puede vender, porque todos verían sus faltas. Pues aún más perfección tiene el Lugar que Yo le doy mi Palabra.

Desperté, oí:

¡Qué aclaración da Dios,
aunque ellos veían a un Hombre!

Una de las muchas jarras
que había hecho el alfarero,
fue la que Dios moldeó
sin que nadie estuviera viendo.

Por eso manda que pongan,
la que Él hizo, en el centro.

Y alrededor de la mesa,
andaban los alfareros.

No pudieron verle falta,
y ellos no eran dueños.

Porque Dios mandó del Cielo
las manos del alfarero.


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