miércoles, 10 de septiembre de 2014

“¡Que Me ves, dilo!”

En Sueño Profético decían:

“¡Que Me ves, dilo, publícalo!”.

“¡Que Me ves, dilo!”.


Esto se oía con la misma Voz que entonces fue dicho.

“¡Que Me ves, dilo!”.

Fue mandato del mismo Dios, dicho por Él mismo, con Cuerpo, en la Visión del 54, año que Dios Padre coge para mandar al Hijo a que le dé Poder al espíritu que hoy, aún, sigue recibiendo esta Enseñanza, sin fin y sin poder que la pare, por ser Dios Hijo, que es Dios Padre y Dios Espíritu. Que según es la Enseñanza, hace la Visión al espíritu que vive con materia.

Todo lo dictado, verán que va de Gloria. Nada verán que el Elegido pregunte. Es todo para que del Elegido aprendan. Nada verán que se suba o se baje, de lo que Dios dejó dicho en la Tierra. A nada le verán pecado, de lo que se dicte, que pecado no lo fuera. Y nada tendrá reforma mientras haya Cielo y Tierra.

“¡Que me ves, dilo!”.

Fue el rótulo que Dios puso para frenar en la Tierra. Ya no puede haber silencio, aunque el hombre lo exigiera, como al principio quiso. Pero un principio sin fuerza, como todo lo que con Dios se enfrenta, que queda pisoteado como estera que pones en la entrada de palacio. Que, ¿quién no limpia los pies antes de pisar el mármol? Pues en esto se convierte el que con Dios se ha enfrentado.

“¡Que Me ves, dilo!”.

Fue dicho un 24 de agosto del año 54.

Desperté, oí:

Tan sólo con este Escrito,
que ha sido dicho en el Cielo,
y luego, que quede escrito,
le hace pensar al hombre
que dio desprecio al “dicho”.

“¡Que Me ves, dilo!”.
Tuvo que ser por el hombre,
de rodillas recibido.

Pero cultos y lectores
quieren apartar a Dios
y prohibirle
se comunique a los hombres.

Sin saber que Dios es Dios
y puede secar los mares.

Al Sol, que llegue su Mando
con una nube que tape
luz y calor a la Tierra.

O que le diga a la lluvia
que la quietud no la tenga.

Todo lo puede hacer Dios,
Creador de Cielo y Tierra.

Creador de lo que nace
antes que nada naciera.


***

Libro 15 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo III - Capítulo 3