sábado, 3 de julio de 2010

Dos grandes Elegidos - Libro 72 - Dios Comunica y Da Nombres - Tomo VII - Pag. 67-68-69


En Sueño Profético enseñaban a conocer a los espíritus que viven apartados de Dios y, también, enseñaban a acercarlos al Reino de Dios con la predicación de palabras y de acción.

Nombraban a muchos Elegidos contando el don que Dios les mandaba para seguir a unos más y a otros no darle palabra hasta que hicieran preguntas, hasta que en ellos el hambre de Dios les empujara a querer saber y a querer cumplir las Palabras que Dios manda para todos los hombres.

Hablaban de Juan de Dios. Hablaban de Teresa de Ávila. Decían:

Siendo dos grandes Elegidos cada uno tenía su Enseñanza, igual y distinta. Igual por ser del mismo Maestro, y distinta por ser en uno la caridad que repartía lo que te llevaba a Dios, y en otro el rebose de Amor a Dios, de palabras que te hacían pensar: “Dios está en este espíritu”.

Dijo uno:

Juan de Dios al llevarles el sustento les llevaba las Palabras del Cielo. Y Teresa de Ávila llevaba las Palabras que en Éxtasis recibía y enseñaba a amar a Dios, y les nacía caridad.

Sus palabras fuertes y duras hacían no vivir indiferente.

Desperté, oí:

Los dos fueron conocidos y grande Enseñanza dejaron.

Uno no llevaba el alimento material, pero movía a los espíritus a amar.

Sus palabras eran fuertes, como las garras del águila que cuando coge la presa nadie puede quitársela.

La humildad de Juan y su desvelo de Amor y caridad al Prójimo hacían que su silencio escándalo formara.

Y ya Juan de Dios le pusieron.

A muchos llevaron a la Gloria, cada uno en su terreno.

A unos con las palabras, pero viviendo el ejemplo.

Al enfermo y al necesitado dándole primero el alimento, pero nombrándole a Dios, que era el Dueño del sustento.

Juan decía: “No soy yo, es Dios que viene a mi encuentro”.


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