miércoles, 12 de enero de 2011

El Ciego - Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 214-215-216


En Sueño Profético decían: “No ve más el que mejor vista tiene”.

Dijo uno:

Un día, estando en la sinagoga oyendo al Maestro, se acercó uno a mí y me dijo:

–¡Qué bien me entero de la explicación! ¡Veo hasta el colorido de los caminos que explica este Hombre! ¡Se ve claro que es Dios! Cuando termino de oír su predicación, mi buen sobrino, luego, en casa, me lee lecturas de los Profetas, y es la misma Palabra. ¡Lástima que tanto Lo persigan! ¡Qué consuelo y que Paz dan sus Palabras! Yo nunca renegué de mi ceguera, pero pena si sentía cuando no podía serle útil a nadie. Ya, este Dios Hombre –que duda no hay–, me ha convertido en alegría lo que yo ponía en tristeza por mi inutilidad, que hoy, gracias a ella, me siento cerca de Dios Padre, que tanto mi madre me habló de Él cuando vivía, y luego me hablaba del Mesías, cuando el Padre lo mandó a la Tierra. Siempre eran sus mismas palabras: “Hijo, no tengas nunca tristeza porque no veas lo que ven todos, que puede que tú veas la Luz de Dios; que ésta la ven pocos”.

Estando terminado estas palabras, se agruparon unos pocos formando comentarios a la salida del Maestro, y parándose el Maestro con nosotros, se dirigió a este ciego –que ni yo conocía, ni de principio supe que era ciego–, y en su Voz se sabía que era Dios. Éstas fueron sus Palabras:

–Cerca de 40 años llevas sin ver lo que todos tienen que dejar de ver. Como tú has visto los caminos que yo he contado, y mi Padre te ha dicho los colores, Yo te digo que veas, y vista ya tienes.

Fue a besarle las Manos, y gritar: ¡Veo! ¡Milagro!, y el Maestro contestó:

–Te ha hecho que veas, la Luz que al que ve le hace falta. Yo te mando que veas, pero Él es el que manda.

Desperté, oí:

Aquí Dios le hace el milagro al que era ciego y veía.

Este hombre fue a la sinagoga, sin duda, a oír a Dios.

Ciego estaba desde niño, y siempre oía con voz:

“Hijo, no tengas nunca tristeza porque no veas lo que ven todos, que puede que tú veas la Luz de Dios, que ésta la ven pocos”.

El Amor de la madre a Dios, hace que el hijo vea el color de los caminos que Dios Hijo explicaba.

Más de la mitad salieron sin comprender las Palabras, la ceguera la tenían dentro de su misma alma.

El ciego salió diciendo, que era Dios por sus Palabras, y el que veía, veía lo que Dios Padre no manda.

Ante de besar las Manos, actuaron las Palabras: “Vista ya tienes”.

Cuando inclinó la cabeza, ya había obedecido la visión.

No compadezcas al ciego, si en su ceguera ve a Dios; compadece al que diga: “Yo tengo buena visión, pero no quiero que digan: A Dios Vivo lo veo yo”.


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