domingo, 2 de enero de 2011

El convite - Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 59 - 60 - 61


En Sueño Profético decían:

Hoy hablamos en esta Gloria de un hecho de Dios Hombre, para que vaya al hombre.

Dijo uno:

Una tarde, estando merendando en casa de unos amigos míos de grande posición, llamaron a la puerta y entró uno de los criados, y dijo:

–Señor, es ese que dicen que es Dios y hace prodigios. Viene con dos más. Haré la orden que me dé.

–Pues ya la tienes, comunica a todos los que a mí me sirven, sea especial el servir a los invitados, ya que yo soy el que tengo que servir a Dios, sin que viniera a mi casa.

Dio el criado una inclinación con la cabeza, de obediencia, y se marchó a repartir el mando. Todos se cambiaron de traje, medias, y se calzaron con lo más nuevo, para que el Invitado viera que era conocido por su dueño.

Salimos al portalón tres y yo, que éramos cuatro los que habíamos, y llegamos al salón satisfechos y con grande alegría. Ya habían cambiado las jarras y vasos por los de más lujo. Fue sentarnos, y ya lo sabía el Maestro, y dijo:

–Has debido de dejar las mismas jarras, porque vendrán otros visitantes y no se sentarán cuando vean tanta grandeza, por cortedad de costumbres. Yo quiero ser uno más entre ellos, para que su confianza me busque como Padre de todos, y vean que Yo soy el que da lo Eterno. Y que no sufran por lo que yo desprecio, que siendo el Dueño de todo, bebo en las peores jarras, por no ser éste mi Reino. Esto no lo tomes como hombre que habla, tómalo como Dios Padre, que en Dios Hijo enseña.

Fue terminar de hablar el Maestro, y otra vez entró el criado.

–Señor, otros visitantes, pero éstos no sé si deben entrar; traen ropajes mal vistos para estos asientos.

Se puso de pie el dueño de la casa y dijo al criado:

–Prepara el convite en el salón familiar, y que vasos y merienda sean servidos en familia.

Desperté, oí:

El Maestro,
como Dios que todo ve,
sabía lo que después
pasaría en la merienda.

Que irían a buscarlo
hombres buenos en la Tierra,
y en la Tierra despreciados.

Ellos no comprenderían
que el Maestro los amaba,
sin criados, sin convites,
y sin servirles en las jarras.

Con el dueño del palacio,
tampoco riñe el Maestro.

Cuando entraba el criado
y anunciaba al Maestro,
le ponía cara de enfado,
porque él lo tenía por Dueño.

Desde aquella tarde dio
una llave al Maestro.

Y orden a los criados,
de que él sería el visitante,
y el Dueño sería el Maestro.

El convite fue servido
con la Intimidad del Cielo.

Dios quiso que se quisieran
antes de irse a su Reino.

Porque el convite de Dios
no tiene jarras ni asientos.


***