martes, 15 de septiembre de 2015

El hombre que oye la Voz del Cielo

En Sueño Profético hablaban de la conciencia.

Dijo uno:

Yo conocí a un santo que practicaba la santidad y se quedó con el nombre de santo. Pues a este hombre lo hizo santo su conciencia, la que a todos quisiera hacer si el hombre hiciera uso de ella.

Era aquel hombre, de gran desprecio a todo lo de Dios, por tener de sobra salud y dinero. Una noche fue a visitar a un amigo suyo, que le atormentaba un mal a un hijo pequeño que tenía. A éste también le sobraba dinero y salud, y pensaba que él, para qué quería a Dios, ¡que Lo llamara el que le faltara dinero y salud…! Pues me contó, que fue salir de la casa del amigo, y notarse algo que sin palabras le hablaba, y él, por mucho que sujetó sus lágrimas, lloró. Lloró no por él, lloró por el amigo. Él le prometió a Dios amarlo y seguirlo, y si él veía mejor que perdiera su capital, que diera sequía sólo en sus fincas, y que cuando perdiera todo, más Lo querría. Este premio le dio su conciencia. Pero ¿cómo el responder del amigo, una vez que a Dios Le pedía la curación con amenazas…? Esto le hizo pensar no quitarse la salud, pero sí repartir el capital sin que llegara sequía.

Desperté, oí:

Este hombre había vivido
tan apartado de Dios
por consejos del amigo. 

Cuando sale de la casa,
su conciencia le aconseja
como amigo, como amigo
que Dios le manda del Cielo,
para que deje en olvido
el mal que hizo y a su amigo.

Se quedó para vivir
con lo que querían darle
los que ya eran los dueños
de lo que él fue dueño antes.

Esto pronto se cundió
como puerta que cierra aire.

Fue este caso conocido
como el del hombre
que oye la Voz del Cielo.

Vivió veinte años de pobre,
de los ricos de su dinero.

Pero vivía con Dios,
que aquí no tenía precio.

La conciencia lo quitó
de lo que él hacía sin quererlo.

A éste lo nombraban santo,
y con Dios vive en el Cielo.

El otro era maldito,
siempre a Dios maldiciendo.

Ni la enfermedad del hijo
le hizo a Dios quererlo.

Dios le permite y le quita
lo que él no era dueño.

La conciencia albergada,
te manda que lo mal hecho,
si lo hiciste sin pensar,
empieces cuaderno nuevo.


***

Libro 14 - Dios Manda en Su Gloria que Enseñen - Tomo II - C4