jueves, 4 de agosto de 2011

Dios coge de amigo al arenero - Libro 6 - Dios Manda en Su Gloria que Enseñen - Tomo I - Pag.


En Sueño Profético decían:

Dios comunica desde su Gloria para que sus Palabras estén siempre en flotación.

Dios quiere que el hombre viva sabiendo que el vivir es Aquí, y que ahí hace una parada. Según administre ahí su tiempo, Aquí será juzgado.

Dijo uno:

Dios no admite Aquí al que ahí no quiere saber de Aquí.

Dios no busca al que sabe que de Él se esconde.

El hombre ha olvidado estas Palabras que Dios dejó en la Tierra cuando vivió de Hombre: “El que se avergüence de Mí, Yo lo avergonzaré delante de mi Padre”. “El que no está conmigo, está en contra de Mí”. Pues si estas Palabras son Evangelio, ¿por qué no las respeta?

El hombre, con su actuación, dice que no quiere saber de Aquí. Pero Dios se comunica para los pocos que Lo quieren, y estos pocos tienen lucha para que Lo oiga el que dice: “Yo a Dios amo”.

Después de oír esto que hablaban, apareció un río y un hombre con un burro. El burro llevaba un serón que este mismo hombre lo llenaba de arena con una pala. Este mismo hombre dijo:

–Yo soy el que cuento en espíritu lo que ya va dictado, que primero fue arrobo:

Arenero era mi profesión, y Dios me premió en la Tierra con que viera parte de su Gloria. Pocos quisieron oírme de los muchos que decían que amaban a Dios. A muchos quise contarles las veces que Dios se aparecía a la orilla del río, y mi pala, sin yo hacer fuerzas ni Él llegar, llenaba mi carga. Cuando la veía llena, ya no veía a Dios. Esto me ocurrió bastantes días. Un día, no vi a Dios con mis ojos, pero Lo sentí, y ya Lo vi con el espíritu; primero lo sentí yo y mi burro; y luego Lo oí decir con una Voz que temblaba el agua: “No te faltarán las fuerzas para ganar el sustento, y tus hijos tendrán padre hasta que ya sean hombres. Tú busca el río, que Yo allí estaré”.

Desperté, oí:

Este hombre ama a Dios, está enfermo y no puede trabajar.

Pero Dios sale a su encuentro, y el premio no es ayudar, el premio es que Dios coge de amigo al arenero.

Casi siempre que iba al río, antes de bajarse del burro, ya sentía grandes fuerzas.

El Poder de Dios ya hace
que no le pese la pala
cuando la hincaba en la arena
y fuerzas tenía que echarle.

Él no podía callar
que Dios le hiciera el trabajo
sin a aquel pueblo enterar.

Pues las primeras palabras
que él quería contar,
las oían medio, medio,
pero sin oír el final.

Fue loco el arenero
para el que lo oía hablar.

Pero ya hubo unos
que oyeron hasta el final,
y vieron que era asmático,
y pudieron comprobar
que no se podía vivir
haciendo ese trabajar.

El burro, el que lo veía,
sabía que era mandado
por alguna grande fuerza,
porque tenía que hincar
sus dos manos delanteras.

Y tenían que obedecer
las dos patas ya contentas.

Dios actuaba en el burro
para que el amo lo viera,
y el arriero vivía
hasta que Dios lo quisiera.

Si el final del arriero
lo hubieran querido saber,
esta Aparición los quita,
a muchos, de padecer.


***