viernes, 5 de agosto de 2011

Oírlo antes de juzgarlo - Libro 3 - La Palabra del Creador - Tomo I - Pag. 104-105


En Sueño Profético vi un sitio como un bodegón. Bebían en unos vasos con asas, les decían jícaras. Había un grupo hablando del Mesías, y de pronto callaron cuando vieron que entró uno y de momento dos más.

Dijo uno del grupo:

–Ese primero que ha entrado es uno de los que acompañan al Mesías.

Miraron los demás y dijo otro:

–Ese es Pedro; observa cuando hable; como le diga el mesonero algo de su Maestro, no hace falta que lo ofenda, con que le diga una palabra con indiferencia hacia Él, es lo bastante para que el vibrar de su voz mueva los peldaños de la escalera. Son bastantes los que lo siguen y no ven nada que sea en contra del Dios de Moisés.

Dijo otro:

–¿Tú quieres que nos juntemos un día y le oigamos sus Palabras? ¿Dónde quedamos de acuerdo, en la sinagoga o en la montaña?

–¡Es mejor en la montaña!

Desperté, oí:

Ellos querían oírlo antes de juzgarlo.

Una vez que lo vieran, no haría falta oírlo para ver que era Dios.

No hacía falta oírlo, éstos de buena voluntad, ya que no se atreverían a juzgarlo sin conocerlo.

Pedro, donde llegara era conocido. Si allí no hablaba ya había hablado en el mesón anterior.

Y éstos se encargarían de repetir sus Palabras.

Unos, lo tomaban en serio. Y otros, hablaban del carácter de Pedro. Pero todo era hablar del Maestro.

Y era la satisfacción de Pedro oír en todas las bocas: “Maestro”.


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