sábado, 20 de agosto de 2011

La reacción de amar y oir al Amado - Libro 10 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo I - Pag. 87-88-89-90


En Sueño Profético decían:

Hoy presentamos escenas ocurridas cuando Dios vivió de Hombre. Se vio una mujer y ella mismo dijo:

Yo tejía porque ese era mi medio de vida, y me daba suficiente para mantener a mis dos hijos, que mi pobre marido me dejó cuando Dios lo quiso para Él. Yo, cuando entregaba el trabajo, nunca pedía precio, el dueño de la tela se lo ponía, y yo siempre quedaba mirándome la mano y mirando al Cielo:

–¡Gracias Señor!, ¿o no debo cogerlo?

Deprisa me contestaba el dueño:

–¿Qué es esto para mi dinero? –y me nombraba caudales para comprar muchos pueblos. Todo el que le trabajaba tenía de sobra el dinero.

Un día estaba tejiendo en la puerta de mi casa, al sol, con mis dos hijos pequeños; uno caía y se levantaba, mientras que al chico lo tenía delante metido en un capacho con una piel de borrego, que frío no le pasaba. Pues de pronto vino un ruido de muchos que no callaban, y quedaron en mi puerta y al capacho señalaban. Ya tuve que preguntar, y esta fue la respuesta:

–¿No ha oído decir que ya ha nacido Dios Hombre, y que está en un retablo para que el que quiera Lo adore?

Dejé mi tela sin ver el sitio y sin preocuparme de su destrozo, y me puse de pie, cogí al del capacho y cubriéndolo con la piel de borrego, entré en mi casa para coger otra piel nueva, y me fui a buscar al Único que puede entrarte en el Cielo, porque del Cielo venía a vivir con los hombres que con Él querían vivir; venía como día que amanece borrando lo que en aquel día se vio. Otro dijo: “Yo seguiré ya contando”.

Desperté, oí:

Esta es la reacción
de amar y de oír al Amado.

Mientras tejía, pensaba:
“con los dos tan chiquitillos,
¿qué haré para acudir
cuando oiga la llamada?

Si cojo a los dos en brazos,
mis piernas sé que no aguantan.

Pero quedarme en mi casa…,
¡con lo que Dios a mi me manda!

Si nada más ya por esto
es el deber el que manda.

¡Cuando menos por ser Dios,
que Él mismo viene a esta casa,
que será el Pueblo de Dios!

Todas las preocupaciones
le quitaron la gente que se paró.

Un hombre le coge en brazos
el chiquillo, que es mayor.

Y al chico más lo llevaban
las mujeres de estos hombres
que a ellos acompañaban.

Ella llevaba su piel
de una hermosa cordera,
que su marido guardaba.

La guardaba para abrigar los Pies
cuando bajara a la Tierra,
aquellos Pies que los hombres,
sin justicia los condenan.

Esta mujer ama a Dios;
su reacción lo demuestra.

Y estaba siempre pensando:
“Cuando oiga el Nacimiento,
cojo mi zalea en el brazo”.

Porque si así no lo hiciera,
sé que a mi marido enfado.

La zalea la peinó
el marido con sus manos,
cuando aún no estaba enfermo.

Esta casa amaba a Dios
en lo bueno y en lo malo.

Que para el que mucho ama,
no usa la palabra malo.

Lo malo nunca es de Dios,
por Dios no mandar lo malo.

La muerte o la enfermedad,
Dios la tiene “pa” el pecado.

Si tu espíritu es de Dios,
no dices a esto: malo.


***