miércoles, 12 de mayo de 2010

La madre a la que Dios concedió el grande Milagro - Libro 82 - Dios Habla al No Quiero del Hombre - Tomo VI - Pag. 162...167


En Sueño Profético decían:

Si a Dios le pides lo que en la Tierra no te dan, pídelo con alegría, y ya se verá que tu creer pide Milagro. Este pedir son pocos los que lo piden así.

Dijo un espíritu de la Gloria:

Yo Le pedía a Dios, con Fe y Esperanza, para que me concediera lo que nadie podía concederme. En la Tierra hay cosas que dan sufrimientos a unos y, con el que tiene la culpa del sufrir, no puedes contar con él, porque él te da a ti el sufrimiento y él se llena los bolsillos de dinero.

Yo tenía tres hijos: Uno con dieciocho años, otro con quince y otro con diez. Mi mujer, madre de mis hijos, enfermó por la vida que llevaban nuestros hijos. Diré el comienzo del sufrimiento:

Había un mesón cerca de mi casa, y los clientes aumentaban porque el dueño contaba con mis hijos para mandarlos a por ellos, que aunque tenían mala fama, se dejaban allí el dinero con sus vicios, y el mesón llenaban.

Yo tenía unos terrenos de una huerta que mis padres me dejaron, junto a la del dueño del mesón y su mujer. Éstos la tenía para traer a ella a los que de otros sitios despedían pos sus vicios. Vicios que hoy son el alimento de muchos en el mundo, con el nombre de droga.

Ya diré cómo su madre –mi mujer- recibió este sufrimiento:

Fue cerrándole la puerta y negándole la comida a nuestros hijos. Yo me ponía por medio y le decía a mi mujer:

-Así harán más pecado para coger dinero para comer, igual que hacen para la droga pagar.

El que tenía diez años era el que a la madre le contaba las noches que yo me pasaba llorando y a él abrazado. Una noche me dijo:

-Padre, yo me voy con madre, me acuesto en la misma habitación y me duermo cuando ella ya se ha dormido. No la quiero dejar sola porque se pone a llorar, y un día dijo: “Yo me mato”. Y cuando la abrazo me dice: “Si estoy contigo no lo hago”.

Yo no podía quedarme por la noche porque en el mesón tenía que estar para llevar el negocio, que era para mantener a los que estoy nombrando. Pues un día mi pedir fue a Dios en una Ermita que había en el pueblo.

Desperté, oí:

A esta Ermita iban pocos, pero yo una noche, antes de ir al mesón, entré y de rodillas me puse delante de Dios, que para mí estaba con Cuerpo por el sentir que sintió el mío.

Me puse las manos en la frente y estas fueron las palabras:

“Señor, yo he sido malo y nunca Te he pedio como ahora Te estoy pidiendo por mis hijos y por mi mujer. El sufrir de los hijos la tienen llorando noche y día, y a mí me dice que Te pida para que Te la lleves antes de que haga el pensar que el espíritu del mal le tiene”.

Allí estuve dos horas pidiendo a Dios, porque su Poder era el único que mi casa podía cambiar. Yo veía que se movía la Imagen, y comprendí que Dios me había concedido mi petición.

Pues cuando salí de la Ermita, me estaban esperando en la puerta mis tres hijos con cara de pena y dijeron:

“Padre, vente con nosotros, que madre te está esperando, llorando y contenta, y que ella te diga el Milagro que Dios le ha mandado”.

Me fui con ellos y cuando llegué a casa me estaba esperando. Su presencia era como conocida por mí, pero no por la alegría que me dio.

Se abrazó a mí llorando y dijo:

“Ya te ha concedido Dios lo que tanto le has pedido por nuestros hijos en la Ermita. Yo pedía ya sin Fe, pero ahora quiero seguir a Dios amando por mis hijos, que ya los tengo a mi lado”.

Dijo el padre estas palabras:

“Si a Dios Le pides con Fe, sin cansarte, Dios te hace Milagros”.

Todo lo de esta familia se cundió en el pueblo, y ya al mesón entraron más, y se fueron a vivir y a trabajar a la huerta de la que el padre era dueño.

Termina el Mensaje diciendo:

El pedir a Dios con gran Fe hace que te conceda Milagros.

Se oía esta voz:

“Soy la madre a la que Dios concedió el grande Milagro”.

Este Mensaje es para ver cómo a la madre los hijos se abrazaron y, llorando, decían palabras de alegría.


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