lunes, 29 de marzo de 2010

Aprended a conocer al que prepara mi Cruz, queriendo parecer bueno - Libro Recopilación - Hechos de Jesús Perdidos - Pag. 1066-1067


En Sueño Profético hablaban de la Vida de Dios Hombre. Decían:

Estando una noche en una cena, en la casa de unos pudientes que al Maestro buscaban y Lo querían –no como hombre-, oímos hablar a Jesús y su Voz nos paró la cena.

Dijo uno:

-¿Cómo contar todo luego, el que aquí no esté presente esta noche? Si soy yo, que no pierdo palabras, ¡y temo cambiar los textos…!

-¡Cierto es! - contestaron más de la mitad de los invitados.

Ya dijo el Maestro:

El que no quiera que Yo sea Dios y Me oiga a Mí mismo pronunciar mi Nombre, actuando como único Dios, cambiará mis Palabras para que no siga mi Enseñanza. Pero mi Padre siempre mandará su Palabra, dicha con firmeza, en un Lugar que el hombre no pueda detenerla. Luego, se verá la diferencia de la palabra dicha por el hombre a la dicha por Mí en el que Yo hable. En el que Yo hable, tendrá fuerza de Dios Hijo, tendrá fuerza de Dios Padre; no podrá el hombre cambiarle palabra, por no aceptarlo mi Padre. Lo mismo que el que Me oye, sabe que soy Dios Hijo, por pronunciarlo ya mi Padre, todo lo dicho desde el Cielo, lleva a Dios Hijo y a Dios Padre, y el hombre no puede detenerlo.

Y poniendo sus espaladas hacia atrás, buscando descanso en la silla, dijo:

-¡Hombres necios de la Tierra, que en los mares no Me ven!

-¡Hombres incrédulos, que tienen que ver abrirse la Tierra para sentirse despojo!


Quedó un silencio, y de pronto dijo el Maestro:

-Todos los que estamos aquí, tenemos que continuar viéndonos. Primero se hace la siembra, y después se recoge la cosecha. Ahora sembráis con Dios Hijo, y luego mi Padre os dará Recolección Eterna.

Desperté, oí:

¿Quién hablaría del Maestro
mejor que los que con Él estaban
en la mesa del banquete?

¿Quién te aclarará palabras
mejor que el mismo Maestro?

Todos le hicieron preguntas
cuando Él quedó en silencio.

Cuando Él las contestaba,
todos iban comprendiendo.

Lo mismo hablaba de mares,
de montañas, de su Padre,
de que Él era el mismo Dueño del Cielo.

Te hablaba de su Crucifixión,
y ya venía el silencio.

Otra vez se oía decir:
Aprended,
para que no perdáis mi Reino.


Aprended a conocer
al que prepara mi Cruz,
queriendo parecer bueno.

Si os preguntan quiénes sois,
no neguéis al Maestro,
que del Cielo soy enviado
y muy pronto voy al Cielo.



***