domingo, 25 de abril de 2010

La Vereda - Libro 64 - Hechos de Jesús Perdidos, Hoy Dictados en Gloria - Tomo VIII - Pag. 45-46-47


En Sueño Profético vi un río, y a unos metros del río una vereda. No se veía a nadie, y se oía esta explicación que ahora me dictan:

Yendo un día Jesús por esta vereda con cuatro de sus Discípulos y muchos más que Lo seguían, había unos hombres pescando que su discutir ahuyentaba a los peces y quitaba serenidad al agua. Este discutir era por unos querer decir que era Dios y otros decir que dirían que era Dios o mandado por Dios cuando hiciera Milagros y que ellos los vieran. Todo lo supo el Maestro antes de llegar y antes que lo guardaran en su pensamiento lo que ellos creyeron. El Maestro no lo había oído, por guardar silencio al Verlo asomar por la vereda. Ya quedan parados los primeros que iban a su lado, cuando dice el Maestro, dirigiéndose a los que no creían quién era:

“Si todos hacen lo que tú y tú (y fue señalando justo a los que no hacían lo que Él manda por no creer en Él, que era Dios) Yo no hubiera hecho Milagros, porque Milagros son para callar a los incrédulos. Y si todos los hombres fueran como vosotros, mi Padre no baja a la Tierra a hacerse Hombre para enseñar de mi Reino, y que aprendan el que quiera salvarse”.

Y ya, cerca de uno, sin llegar a rozarle, le dijo:

“Tú no quieres que Yo sea Dios del Cielo para seguir haciendo la vida que haces. Y Yo voy diciendo quien soy para perdonar al que se cree sin remedio para el perdón del hombre. Ya que mi Padre ha hablado en Mí sin que Yo mande a mis Discípulos, os haréis dos bandos cuando Yo siga la vereda. Porque ya, el que no crea, perjudica al que Me está creyendo”.

No anduvo dos pasos este Dios, aunque se oía Maestro, y más de la mitad tiraron la caña y se pusieron de los últimos los primeros. Tan sólo dos se quedaron, por no querer al Maestro y seguir con el pecado. Los que se fueron detrás nada llevaban en sus manos.

Desperté, oí:

No quisieron estos hombres ni las cañas ni lo que componía el ir de pesca.

Quisieron irse sin nada de lo que habían oído palabras en contra del Maestro.

Querían arrancarse la piel de saber que habían rozado a los que no querían a Él.

Uno se limpió los ojos, sin querer que esto vieran, y ya dijo con voz temblorosa:

“Al llegar quemo mi ropa. Tanto que quería mi caña, la odio y no quiero verla.

Ya voy detrás del Maestro el tiempo que me iba de pesca.

Y el que a Él no lo quiera, si yo llevo su camino, yo cojo otra vereda”.

Busca a Dios, sigue sus Pasos y con dejarte que Lo sigas ya estás viendo Milagros.


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